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INCENDIOS, INCENDIARIOS, INCOMBUSTIBLES

Se me encogía el alma viendo las terribles imágenes del incendio de Jávea, el último por el momento, cuando apareció en la pantalla del televisor la figura doliente del Presidente de la Comunidad Valenciana, clamando contra los perturbados mentales que lo habían provocado. El desgarro de su voz reunía el dolor de tanto propietario que ha perdido su casa, su paisaje o su jardín, como si todas las propiedades abrasadas le pertenecieran, como si el trágico incendio le hubiera devastado el corazón. Casi estaba a punto de compadecerle, cuando el móvil me alertó de un mensaje. Un amigo con el que mantengo grandes discrepancias políticas me enviaba un correo que acababa de mandar a la Concejala de Servicios del Ayuntamiento.  Era éste:

Estimada concejala de servicios del ayuntamiento de Jávea:

Me dirijo a usted como propietario de una casa situada en la calle …. nº….

Esta casa limita al norte y al oeste con dos parcelas que no se han limpiado en más de veinte años. A lo largo del tiempo se ha ido acumulando la maleza, hierbas, arbustos, hojas… Los pinos se inclinan peligrosamente sobre mi terreno, sus ramas invaden mi parcela, llenándola de piñas y hojas secas. Hace tiempo, me dirigí en varias ocasiones al Ayuntamiento, para conocer el teléfono de los propietarios y pedirles que las limpiaran. En el Ayuntamiento se me negó la información.

Durante años me resistí a presentar una queja, para no incomodar a los vecinos. Cansado de la situación, hace un par de años presenté la primera queja en la oficina de atención al ciudadano. No obtuve respuesta. Hace meses volví a presentar otra queja en la misma oficina. Sin ningún resultado. Dígame usted qué puedo hacer si el Ayuntamiento no actúa y no me da la información para que actúe yo.

Comprendo que estará usted desolada, como lo estamos todos los hombres de bien, seamos propietarios o no, por los incendios de estos días y por todos los pasados y los venideros. Pero más allá de la tristeza, es un momento para la reflexión y para la acción. Es imposible evitar la acción insensata de un perturbado. Pero sí es posible evitar que esa acción se convierta en tragedia colectiva. Basta con que las instituciones _el Ayuntamiento, claro, pero también la Generalitat, porque el Parque Natural del Montgo está en una situación lamentable y en cualquier momento se puede desencadenar otra tragedia_ cumplan con su  obligación.

Le agradezco la lectura de esto correo y le animo a actuar con la mayor determinación en beneficio de la bella Jávea. Contará con mi mayor apoyo y simpatía.

Cordialmente,

Tras la lectura, la imagen del Presidente de la Comunidad se transformó: las lágrimas perdieron su nobleza, porque la dignidad de un político no se sustenta en la eficacia del lamento, sino en la eficacia de la acción.

Antes de escribir esto, he preguntado a mi amigo si había recibido respuesta. Ni acuse de recibo.

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¿Y QUIÉN ES EL CULPABLE?

En los años noventa, cuando alguien del PSOE comprendió que confiar un centro educativo al primer voluntario no era lo más sensato ni lo más conveniente, aunque fuera votado por un Consejo ad hoc, se pusieron en marcha cursos de formación para ejercer funciones directivas. Tal vez pensaran, con toda la razón, que semejante puesto exige cierto grado de especialización y ciertas aptitudes personales, y no solo deseo, votos y voluntad. De todos modos, fue una idea fugaz: el programa duró lo que un suspiro, y el sistema siguió por otros derroteros, cuyas ondas nos llegan hasta hoy.
No recuerdo una jota de cuanto me dijeron en tantas largas horas anodinas que pasé en aquel curso, salvo la discusión de la mañana en que nos propusieron que hiciéramos de juez. Había que dictar una sentencia sobre un caso curioso, que habían extraído de una publicación del corazón. En esencia era esto: “La noche en que el marido no está en casa, porque ha debido hacer un viaje de trabajo, la mujer llama a un antiguo amante y acude a visitarle. Cuando va de regreso, ya bien de madrugada, alguien pretende arrebatarle el bolso, pero ella se resiste, forcejean, el ladrón la derriba, se golpea la nuca en el bordillo y queda muerta”.
“¿A vuestro juicio, quién es el culpable?”, preguntó el inspector, con esa suficiencia que sólo manifiesta quien conoce las claves de un secreto. La discusión fue viva. “¡La mujer!”, dijo uno: “Si no hubiera salido…”. “¡Culpable es el amante, que la dejó marcharse!”, le replicó una joven. “¡El amante, que no la acompañó, matizó una tercera; si hubiera ido con ella…”. Perplejo y divertido, escuché las respuestas, que, aunque eran diferentes, estaban dominadas por la misma pasión: el destino, el sereno, la policía ausente, el ministro, el sistema, los neoliberales… Cuando el debate ya languidecía, eché mi cuarto a espadas sugiriendo que quizá, bien pensado, alguna culpa le cabría al ladrón… No pude terminar el argumento, porque una jovencita me cortó la palabra con el tono entusiasta de su voz: “¡El marido! ¡El único culpable es el marido por marcharse de viaje!”.
Recordaba esta historia el otro día, al escuchar igual razonamiento al nuevo portavoz de Ciudadanos. “Si el PSOE termina pactando con Podemos _decía el portavoz_, la culpa es de Rajoy”. Se paró en ese punto, pero aún le queda tiempo, dos meses por lo menos, para darnos completo su razonamiento, pues la segunda parte va de soi: “Si el PSOE por fin no pacta con Podemos, el mérito será de Albert Rivera”.
Dicen los nuevos padres de la patria que van a hacer un pacto sobre educación. Bien está, si no toman la parte por el todo. Porque cuando un político habla de educación, suele pensar en ideología, competencias, presupuesto y poder. Bien está, digo, si es la ambición de su generación. Sin embargo, sin ninguna ambición y ocultando esa chispa de vergüenza que me da ser más viejo que la Constitución, me atrevo a sugerir que consideren una cosa muy simple, un detalle, un matiz: que se enseñe a los niños algo muy sencillito: pensar con coherencia, con verdad, con bondad…, porque así, en el futuro, los padres de la patria…
¿Y entre tanto qué hacemos?, se inquietará el lector. Para salir del paso… ¡que se apunten a un curso para ser Director!

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YO SOY ASÍ

No es frecuente en España que pidamos disculpas por nuestros errores. Al contrario, más bien: cuando alguien hace o dice alguna insensatez, tiende a justificarla con una apelación a su ser esencial: “Yo soy así y no voy a cambiar”. Y ante esa explicación, suspendemos el juicio: ¿alguien va a reprocharle lo que dice, alguien va a echarle en cara lo que hace, cuando el pobre es así? Si hasta Pascual Duarte, el engendro de Cela, tras haber cometido varios asesinatos, comienza sus memorias con una exculpación: “Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo”.
Es increíble que argumento tan necio se dé por bueno con tanta frecuencia. Porque la vida es cambio, y a todos nos transforma, lo queramos o no. A poca voluntad que le pongamos, a poco que intentemos calibrar nuestros actos, nuestras motivaciones, a poco que ayudemos a ese cambio, acabaremos siendo más sensatos. Joe Dispenza ha titulado un sugerente libro precisamente así: Deja de ser tú.
Así que, chaval, vale, tú eres así, de acuerdo. Pero bueno sería que te fueras pensando algún pequeño cambio en tus palabras, algún pequeño cambio en tu actitud. Nadie nace obligado a ser eternamente un niño malcriado, ni un preadolescente consentido, ni un… ¡perdón!

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¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?

Está bien, Petra, es verdad que quien mucho habla mucho yerra. Así que puedo imaginar los errores que he ido deslizando en la vida del blog. Y, sin embargo, en este caso concreto, yo no percibo la contradicción que me señalas. Me explicaré.
El obispo Novell mandó tocar las campanas de su diócesis el día de unas elecciones en las que varios partidos defendían la secesión de Cataluña, a la hora en que se abrían los colegios electorales. La campana es un símbolo religioso universal. Con diferentes significados y matices la encontramos en el Taoísmo, el Hinduismo, el Budismo, el Judaísmo, el Cristianismo, el Islam… Con sólo abrir el Diccionario de Símbolos de Cirlot, tan elemental, encontramos esta síntesis tan precisa: “Su sonido es símbolo del poder creador. Por su posición suspendida participa del sentido místico de todos los objetos colgados entre el cielo y la tierra; por su forma tiene relación con la bóveda y, en consecuencia, con el cielo”. Es decir, el obispo Novell se confundió de plano, a no ser que pensara en Artur Mas travestido con ropas de Moisés: utilizó un símbolo sagrado para convocar a un acto político, un voto de partido, un futuro enfrentado. No caben paños calientes: en toda regla, una profanación. Y una gran imprudencia: ¿qué sentirán ahora los catalanes no secesionistas, entre los que tengo algún amigo, cuando las escuchen? ¿Se sentirán convocados con el mismo fervor, sin resistencia alguna, sin ningún resquemor? Y una usurpación, pues se ha servido de un símbolo de todos para apoyar su elección personal. Hasta los más benévolos, los que quieran quitar hierro al asunto, verán en ello una frivolidad.
El Evangelio, en cambio, es otra cosa. Y es natural. Novell era ya obispo a los cuarenta y llevará la mitra muchos años más. Jesús, en cambio, no pudo perder tiempo en menudencias ni andarse por las ramas, porque desde el principio le enfilaron. Por ello fue directo al grano. Pensemos un momento: ¿Cuáles son los sentimientos que dominan el mundo? Podemos deducirlo viendo las noticias o echando una mirada al interior. Nos pondremos de acuerdo con facilidad. Aquí va mi opinión: el odio y sus variantes (ira, rabia, celos, rencor…), la culpa y sus variantes (pesar, remordimiento…), el miedo y sus variantes ( recelo, alarma, pánico, terror… “Mi principal sentimiento es el miedo”, escribió Max Horkheimer). Y ¿cómo se siente un hombre poseído por el odio, un hombre culpable, un hombre aterrado? Si te resulta duro mirar a tu interior, echa un vistazo al mundo y lo verás. Por mucho que queramos, no podremos exagerar los estragos que causan estos sentimientos. Es más, gran parte de la vida la empleamos en eso: en odiar, asustar y culpabilizar. Todos, yo por supuesto, no sé si tú también. Incluye a los Estados con sus policías, a las Iglesias con sus predicadores, a los periódicos con sus columnistas, los tertulianos de la radio y la televisión, a los padres que piden la enseñanza en la escuela y la educación en casa, y, por cerrar la lista lo más pronto posible, ¡ojo filonietz!, a los profesores. Así que, desde una cierta perspectiva, el mundo es un festival de miedo, culpa y odio. Cristo fue plenamente consciente del estado del hombre, del estado del mundo, y echó su cuarto a espadas para corregirlo.
Si leemos el Evangelio sin vuelos teologales, desde una perspectiva a ras de tierra, a ras de sociedad (me pongo la venda antes de la herida, para protegerme de creyentes, de agnósticos y ateos), Cristo nos propone una experiencia que nos liberaría de todas esas lacras. Del odio: disculpó a quienes lo crucificaban (“no saben lo que hacen”). De la culpa: nos pidió perdonar y perdonó. Del miedo: a los discípulos aterrorizados les dijo simplemente: “No temáis”. Quien quiera percibir la distancia que hay entre el Evangelio y la Biblia no tiene más que comparar las palabras de Cristo con estas otras: “Dichosos los que temen al Señor”. ¡Qué tontería! Si Dios nos ha creado, ¿no nos preferirá seguros y felices?
Ahora hagamos un esfuerzo e imaginemos lo que sentiría un hombre sin odio, culpa y miedo: ¿amor? ¿alegría? ¿paz? ¿Y qué nombre le damos a esta experiencia? ¿felicidad? ¿iluminación? ¿salvación? La ganancia está clara, es neta. Así que el Evangelio es un antídoto contra las emociones que nos traban, un excelente libro de autoayuda, a mil leguas de cualquier psicología.
¿Volvemos al obispo? La euforia secesionista está teñida, por decirlo suavemente, de rivalidad: “A ver si se van todos estos godos”, decía un ciudadano, al salir del colegio electoral. Pero las consecuencias económicas de la secesión llenarían de miedo a los más débiles, sobre todo a los viejos. No, por supuesto a Guardiola, a Curulla, a los Pujol, a Godó, a Sala i Martí… Es previsible que en medio del desastre los más sensibles de entre ellos se llenaran de culpa. Sería milagroso que en esa situación los no secesionistas conservaran su ecuanimidad. Odio, culpa y miedo. “Un círculo dantesco”.
O sea que mientras Cristo nos quiso liberar del círculo vicioso en que nos destrozamos los unos a los otros, el obispo refuerza el “círculo infernal”. Así que, amiga Petra, en mis palabras no veo la contradicción que señalas. Sólo son un intento, quizá torpe, de discernimiento, de llevar a la práctica el mandato de Cristo: dar a Novell lo que es de Novell, y a Jesús lo que es de Jesús.

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¿CONOCIMIENTOS O VALORES?

No seré yo, amigo Filonietz, tan complaciente con ese post que tanto te ha gustado. Releído unos días después, es evidente que le faltan matices y le sobran algunos adjetivos. Sin embargo es certera tu observación de que no debemos confundir religión con Iglesia ni con espiritualidad. La Iglesia es una institución; la espiritualidad es un proceso de conexión con lo sagrado. Unas veces coinciden, otras no: el mensaje de Cristo es tan sutil, tan profundo, tan delicado, que resulta difícil de escuchar cuando estamos en medio de una algarabía. Es cierto que los miembros de la Iglesia lo han ignorado a veces, con mayor escándalo a más alta jerarquía. Retengamos del post el dolor que produce escuchar a un obispo desnortado. Y en el asunto de Cataluña, ¡que Dios nos coja confesados a todos, porque a todos nos afectará!
Así que entre los extravíos eclesiales y las leyes educativas, puede comprenderse el calvario de un profesor de ética. No son tiempos de ética, no nos confundamos. En nuestra sociedad muy pocos van más allá de denunciar el trinque y no estamos seguros de que no trincarían, si pudieran. Un partido político en declive proponía una enseñanza descriptiva, que consiste en la exclusión de actitudes y valores. Es decir, una versión disfrazada de esa afirmación que oímos tantas veces: “La enseñanza en la escuela, la educación en casa”. Aunque no alcancen el poder, no son los únicos que piensan de ese modo. ¿Y qué pinta un profesor de ética en un país así?
Era previsible, por la simple ley del péndulo, por el principio de acción y reacción, que, tras el fracaso, y los excesos, de la LOGSE, aunque me sospecho que no compartirás esta opinión, se instalara el debate en el corazón de los partidos, en las familias, en la sociedad. Así que haces bien en plantearlo abiertamente; no hay escapatoria: tenemos que elegir entre defender una enseñanza con valores o una enseñanza sin ellos. ¿Cuál prefiero yo, cuál me parece más conveniente para mis hijos, para mis alumnos, para los niños en general? Sólo si centramos bien el debate nos evitaremos andar dando bandazos, entre fobias y filias, otros veinte años más.
Puesto que consideran que las Matemáticas son la asignatura que mejor permite aplicar la “enseñanza descriptiva”, vamos a analizar las implicaciones de ese modelo analizando dos ejemplos de dos materias distintas: Matemáticas y Arte. Partir de lo concreto nos evitará perdernos en una larga, y quizá estéril, discusión teórica. Tal vez los hechos permitan ver más claro que las teorías.
El primer ejemplo procede de Wertheimer: tenemos un niño hambriento; al lado, un albañil al que le falta un ladrillo para terminar su casa; en medio de los dos, un ciudadano que tiene un bocadillo en una mano y un ladrillo en la otra. Las posibilidades de actuación del ciudadano son enormes, pero podemos concretarlas reduciendo la situación a un problema de combinatoria: ¿Cuántas posibilidades de acción existen no tomando ninguno de los dos elementos, tomándolos de uno en uno o de dos en dos? La solución del problema es un número entero; no caben interpretaciones ni, por lo tanto, manipulaciones. Hasta aquí se verifica la “enseñanza descriptiva” de las matemáticas; y hay que estar de acuerdo con los defensores de la teoría, incluso si deja de lado que la exactitud es un valor y que el deseo de alcanzarla es una actitud encomiable en el ser humano. Toda ciencia persigue algún tipo de verdad. Si este deseo de exactitud estuviera presente en todos los seres humanos, el mundo sería muy distinto y, seguramente, mejor.
Ahora bien, ¿es esto todo lo que podemos aprender de la situación? ¡Pues no! ¿Y es lo más interesante, lo más adecuado para la vida? ¡Pues… tampoco! Desde un punto de vista matemático, todas las combinaciones son posibles. Se acabó. Sin embargo, cada una de las posibilidades combinatorias (dar los dos objetos al albañil, dar los dos objetos al niño, dar el ladrillo al niño y el bocadillo al albañil, etc.) implica una actitud distinta en el ciudadano y la presencia o ausencia de determinados valores.
Se me dirá que no es un problema muy académico. Podría objetar que el profesor de matemáticas puede educar incluso con los enunciados de los problemas que plantea, pero no voy a detenerme ahí. Voy a proponer una situación académica real: un profesor de 2º de Bachillerato que debe explicar a sus alumnos un cuadro, por ejemplo “El tres de Mayo de 1808”, de Goya.
Si este profesor quiere aplicar la “enseñanza descriptiva”, deberá comenzar advirtiendo a los alumnos que no miren a los ojos de los personajes, porque esas miradas van a condicionar sus sentimientos: son, claramente, unas miradas manipuladoras. Y a continuación, dejando de lado la escena del cuadro, dicho profesor deberá extenderse sobre los materiales, un óleo sobre lienzo; las dimensiones, 266 X 345; las características técnicas como el color (una mera impresión producida por rayos luminosos), las figuras (nada más que volúmenes, simples iconos), la textura (pura apariencia externa), etc. Obviamente, las características técnicas no sugieren nada, no significan nada para él. Y si significan, debe callarlo, para no manipular.
Eliminadas la escena y el sentido de la técnica, tiene grandes posibilidades de dar una información “objetiva”; les dirá algo así: “El tres de mayo de 1808”. Francisco de Goya. Óleo sobre lienzo. 266 X 345”. Podríamos detenernos aquí y plantearnos si esta enseñanza es una buena enseñanza. Pero no podemos hacerlo, porque esta simple información contiene varios elementos muy problemáticos.
De entrada, no se debe citar la palabra “fusilamientos”, que con frecuencia aparece en el título: es una palabra con demasiadas implicaciones: hay uno que fusila, otro que es fusilado; el asesino justifica su acción por unos motivos religiosos, ideológicos, nacionalistas…; es bastante probable que el fusilado no esté de acuerdo y que, a tenor de lo que sienta, intente dar un sentido, para sí y para los demás, a su muerte; ¿entraremos a analizarlo? ¡Menudo lío! ¡Es todo tan ideológico, tan emocional, tan manipulador… ¡ ¡Mejor dejar el título como quiso su autor!: “El tres de Mayo de 1808”. Mejor, pero no del todo, porque la referencia al año sigue siendo inquietante: siempre habrá algún alumno curioso que quiera saber qué sucedió ese año y descubra cosas innecesarias: ya sabemos que hay alumnos capaces de cualquier cosa para fastidiar al profesor. Es mejor titular el cuadro, simplemente, “El tres de Mayo”. Aunque, bien pensado, todo lo que asociamos a mayo (la eclosión de la naturaleza, las flores, el amor, las oraciones de San Isidro y el trabajo del ángel, el mes de María…) choca violentamente con el tema del cuadro; mejor suprimirlo, para evitar sorpresas, y titularlo, sin más, “El 3”. Esto comienza a gustarme; ahora sí que estamos en el buen camino: el tres, que es un número entero, nos permite llevar al alumno al terreno puramente intelectual: tendrá que preguntarse qué elemento se repite tres veces para ser aludido por el título o a qué tres elementos del cuadro se refiere esa cifra.
Pero, bien mirado, también este título entraña riesgos, porque además de evocar infinitas referencias culturales (la Santísima Trinidad, los triunviratos romanos, los tres mosqueteros, las tres hermanas de todos los cuentos, las tres Marías, las hijas de Elena, los tres pelos del diablo, los tres cerditos, las tres hojitas del arbolé, el 3% de Maragall…), el tres puede señalar en el cuadro elementos muy significativos. ¡Este maldito número hará que muchos alumnos se extravíen! Mejor quitarlo y nombrar al cuadro con un simple “El”. ¡Por fin pisamos tierra firme! Este título nos brinda la ocasión de hacer una “enseñanza descriptiva interdisciplinar”, planteando a los alumnos si ese “El” es un artículo o un pronombre y, en consecuencia, si debe llevar tilde o no. Interesante ¿no?
Llegados a este punto, el profesor defensor de la “enseñanza descriptiva”, sólo podrá dar la siguiente información: “El o Él. Francisco de Goya. Óleo sobre lienzo. 266 X 345”.
Está mejor, pero no me satisface. Imaginemos que un alumno descubre que Goya fue un aragonés que murió en Burdeos y empieza a investigar y a pasar información subrepticia a sus compañeros; ya tenemos una revolución: el profesor será acusado de manipulador al servicio del sistema y su autoridad quedará por los suelos. ¿Y qué pasará, entonces, con la calidad de la enseñanza? Peor aún: imaginemos que el alumno descubre que Goya fue un afrancesado y escucha decir a un director de cine que habría preferido que ganaran los franceses… Mejor quitar el nombre y sustituirlo por un simple “pintor español”. ¿He dicho “español”? Lo retiro al instante: en otro tiempo, esta palabra era simplemente descriptiva: se aplicaba a los ciudadanos de cierto antiguo país; pero hoy está cargada de connotaciones: de todos es sabido que es un país opresor y, por lo tanto, la palabra será positivamente valorada por los opresores, pero despreciada por los oprimidos, que desearán que pierda todas las guerras y que sus selecciones sean eliminadas de todos los campeonatos, porque no se sentirán españoles ni cinco minutos en toda su vida. ¿Qué profesor se atrevería a pronunciarla en ciertas latitudes? Para impartir una enseñanza segura, “descriptiva”, verdaderamente “democrática”, deberemos analizar el cuadro de este modo: “El o Él. Pintor. Óleo sobre lienzo. 266 X 345”. Perfecto, ¿no?
Pues no. Porque surge una pregunta inevitable: esta enseñanza tan aséptica, tan desposeída de adherencias emocionales y espirituales, esta enseñanza que se la coge con papel de fumar, ¿no es una forma de manipulación? Evidentemente, sí: porque falsea la realidad, al limitarse a enseñar lo más inocuo. Cae en una superficialidad culpable.
Por supuesto, no es la única culpa en que puede incurrir un profesor. Este cuadro, como cualquier otro, como cualquier hecho cultural, permite otros tipos de manipulaciones a tenor de las obsesiones, de las limitaciones del enseñante: 1ª) el adoctrinamiento: una persona partidista convertirá la clase en una arenga contra el enemigo (Conocí un profesor que declaraba abiertamente que su función era convencer a los alumnos de su condición de explotados y de la necesidad de la lucha obrera); 2ª) la deshumanización: una persona que sólo tenga sensibilidad para la belleza destacará los aspectos formales del cuadro, en detrimento del tema, de la verdad histórica y humana; 3ª) la inmersión sentimental: una persona fascinada por el dolor se regocijará con el patetismo de la escena, “¡Qué pasada!”, como los ciudadanos que acuden a presenciar las ejecuciones. Y menos mal si la inmersión no conduce al ahogo (si es verdad lo que me contó alguien hace años, no recuerdo quién) , como aquel muchacho que se suicidó desesperado por la situación de Andalucía… Nadie habló del profesor de Historia que se explayaba en sus clases sobre la “Andalucía amarga” y la “Andalucía trágica”; 4ª) la represión emocional: como aquel personaje de Gila que concluía la narración de los festejos del pueblo con estas palabras: “Me mataron el hijo, pero nos reímos más…”. La miseria moral es poliédrica.
Estos tipos de manipulación son frecuentes y lamentables. Entiendo que mucha gente las rechace y comparto el rechazo. Pero, si no lo explican mejor, tendremos que pensar que la enseñanza descriptiva no es más que otra forma de manipulación, la 5ª) la idiotización: algo así como lo que hacía aquel cura de Unamuno (San Manuel Bueno, Mártir), que no creía en Dios, pero fingía creer, para que sus feligreses no se desesperaran. “Con mi verdad no vivirían”, decía, porque “la verdad es algo terrible, algo intolerable, algo mortal”; en su neurosis, no le preocupaba que vivieran con su mentira; palabras que se acercan a las que hace decir Baroja a uno de sus personajes: “La verdad en bloque es mala para la vida” (El Árbol de la Ciencia). O sea, ocultemos el fondo de las cosas, porque incordia. Y aquí ya no puedo seguir, ni a los defensores de la enseñanza descriptiva, ni a tan ilustres escritores.
Esta enseñanza “descriptiva”, tan fragmentada, tan limitada, tan superficial, dejaría a los alumnos desprotegidos ante cualquier intento manipulador. Sólo somos manipulables cuando nos faltan datos o valores, cuando nuestro desarrollo cognitivo, afectivo, espiritual es insuficiente. Por lo tanto, la solución no es quitar a la enseñanza su componente humano, sino darle, junto a la verdad científica, toda la dimensión humana, toda la dimensión espiritual. Cuanto más completo sea nuestro conocimiento de todos -¡todos!- los elementos que inciden en una situación, más difícil será que nos manipulen. Cuanto más sólidos sean nuestros valores, más difícil será que nos manipulen. Cuanto más autónomos seamos, más difícil será que nos manipulen.
Sólo nos podremos situar adecuadamente ante la vida cuando poseamos una información rica y unos valores adecuados. No hay dilema: conocimientos y valores no son dos formas de enseñanza; son las dos dimensiones de la única enseñanza verdadera: no pueden darse los unos sin los otros; cercenar unos implica, necesariamente, cercenar los otros; potenciar los unos implica potenciar los otros; la profundidad y la extensión de los conocimientos nos permiten cimentar los valores; la profundidad de los valores nos permite alcanzar el mejor de los conocimientos. Para actuar de forma humana en un mundo humano necesitamos los dos. Sólo un profesor maduro y bien formado podrá transmitirles este hecho tan simple y tan complejo: el cuadro es una representación verdadera del comportamiento humano; una expresión de la belleza; una exigencia de bondad. Verdad, bondad y belleza. ¿No eran valores muy queridos por Platón?
Así que lo mejor es que invitemos a nuestros alumnos a mirar, detenidamente, a los ojos de los personajes. El terror de esas caras desencajadas les va a decir mucho sobre la violencia, la guerra, la brutalidad del hombre, la invasión… y también sobre la paz, el diálogo, la tolerancia… A través de ese impacto, el verdadero profesor introducirá todo el conocimiento necesario: las condiciones que hicieron posible esa forma de barbarie; el genio de Goya al disponer todos los elementos del cuadro (composición, ritmo, luz, color…) de tal modo que nos sacuda el corazón; el poder de la tragedia, que puede producir una catarsis (Aristóteles, Rollo May) y hacer surgir un destello de comprensión, un sentimiento de bondad. Es bastante probable que sientan (no he escrito “aprendan” ni “comprendan”, he escrito “sientan”) que dar el bocadillo al niño y el ladrillo al albañil, no es sólo una posibilidad entre otras muchas: es la única correcta en un mundo humano. Y tal vez entonces comiencen a sentirse hombres; no hombres manipulados, sino hombres capaces de tomar decisiones correctas desde el punto de vista de la ciencia y desde el punto de vista de los valores: desde el punto de vista de la verdad y desde el punto de vista de la bondad. Porque lo esencial no es saber cuántas posibilidades de acción tiene un ser humano en una situación determinada, sino qué acción concreta le humaniza y hace más humano el mundo en que vive.
En uno de sus mejores libros, La Personalidad Creadora, Abraham Maslow escribe lo siguiente: “Hay un chiste, según el cual el psicópata dice: “dos y dos son cinco”, y el neurótico dice: “dos y dos son cuatro, pero no lo aguanto”. Se podría agregar que la persona ciega para los valores _ una nueva enfermedad (Puede ilustrarse con La Doble Historia del Doctor Valmy, de Buero Vallejo) _ dice: “dos y dos son cuatro. ¡Y a mí qué!”. La persona sana dice, en efecto: “¡dos y dos son cuatro. ¡Qué interesante!”
Pues eso: “¡qué interesante!”. La evolución de las ciencias humanas nos ha colocado ante un nuevo paradigma educativo. Podemos falsearlo, cabrearnos, encogernos de hombros o entregarnos a estudiar con pasión la forma de hacerlo realidad. Será mejor que dejemos de discutir si son galgos o podencos y dediquemos nuestro esfuerzo a lo que verdaderamente importa, a lo único que puede humanizar esta sociedad brutal: la integración de conocimientos y valores.
La tarea es dura, pero vale la pena. Suerte, amigo Filonietz. Suerte y al toro.

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¡QUÉ INSENSATEZ!

Estuvieron en contra del progreso, del liberalismo, de la democracia. Apoyaron a Franco. Protegieron a ETA. Pasaron del nacionalcatolicismo a los catolicismos nacionalistas. Multiplicaron las identidades por encima de la única identidad que nos une a todos. Y ahora leo que el obispo de Solsona manda repicar las campanas, cuya función es convocar a la oración que une, para convocar al voto que desgarra.
Todos esos cristianos de corazón amplio que se sienten tan huérfanos de Iglesia, siempre pueden entrar en su aposento, cerrar la puerta y orar al padre, como pide Mateo (6,5).
Pero ¿qué hacemos con tanto clérigo fanático, con tanto clérigo ignorante, con tanto clérigo extraviado? ¡Sin olvidar las monjas, por supuesto! (¡También aquella monja budista, que malmetía contra el Dalai Lama y pedía el voto para Compromís). ¿De qué mundo es su reino? ¿Por qué sucumben ante cada espejismo que les sale al encuentro? Deberían leer con toda urgencia La Nube del no Saber, ese libro exquisito del anónimo inglés.
Aunque ya llegue tarde a la ocasión, voy a enviar un ejemplar del libro al obispo Novell.

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LAS ARMAS Y LOS DIOSES

“Cada uno pelea con las armas que le dieron los dioses”, exclama Héctor en La Ilíada. ¿Es cierto? En su determinismo, no. La grandeza del héroe no le exime de moverse en un contexto definido, donde su afirmación puede ser considerada una verdad absoluta, por más que salte a la vista su limitación. No hay razón para que debamos sentirnos constreñidos: los dioses nos dieron a cada uno todas las armas, de las más nobles a las más rastreras, de manera que, cuando se nos presente una batalla, podamos elegir con qué medios la vamos a librar.
Y sin embargo, mire uno hacia la literatura o hacia la vida, lo más frecuente es ver batallas banales libradas con armas oxidadas. Nadie puede extrañarse de que al menos en la superficie, al menos en la espuma de los días, el presente de España nos parezca un triste forcejeo sin grandeza. ¿Podemos elegir grandes batallas? ¡Por supuesto! ¿Y armas nobles? ¡Seguro! Sin embargo…
La última escaramuza se ha producido en el extraño mundo del fútbol, imagen de la vida nacional, a propósito de la libertad de expresión. He leído a articulistas, he escuchado a tertulianos defender con calor que una exhibición de odio debe aceptarse como un ejercicio natural de libertad de expresión. Que nadie se extrañe: cuanto más descendemos en la escala de la sensibilidad humana, más fácil es encontrar grandes valores que han sido pervertidos. La libertad de expresión es un derecho que se cimenta en la inviolabilidad de la persona, en el respeto a la conciencia individual, en la confianza de que la razón puede alcanzar la verdad. La libertad de expresión es un arma noble, que debe ser utilizada con nobleza, porque apunta a un fin elevado: el progreso de la conciencia individual, dentro de la conciencia universal. Cuando convertimos este derecho en un pretexto para exhibir nuestras más bajas pulsiones, lo estamos pervirtiendo, porque deja de ser un camino hacia el espíritu, para convertirse en un camino hacia la degradación: el odio es un arma oxidada: nadie puede construir sobre el odio la concordia personal o social.
El dolor de los versos que escribió Nizar Qabbani tras la Guerra de los Seis Días sigue resonando con un volumen superior al de los pitos, para quien los quiera leer: “Cual ranas insultamos, cual ranas alabamos, hacemos siempre héroes de enanos y a los nobles en cambio envilecemos”. ¿En nombre de la libertad de expresión? ¿O en nombre de los bajos quilates de nuestra sensibilidad?
¡Hay que ver lo errada que puede andar una sociedad! Como nos muestra la literatura, como nos muestran las mitologías, como nos previenen las grandes tradiciones espirituales, las armas del héroe siempre son simbólicas y su batalla siempre es interior. El esfuerzo del héroe sólo es valioso cuando conquista espacios a su propia sombra o da un paso certero hacia la luz. Si su guerra es externa, no deja más que fuego y destrucción.

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